Lucas Morando trabaja de periodista. Para no ser menos, creó este blog desde donde intentará relatar con simulada humildad algunos de los aspectos que más lo inquietan. Tiene 30, una novia y un gato negro (Pelusa), que también será protagonista de estas páginas. Más info sobre mi. Mandame un mail.
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Se agota El Pibe
El libro que narra los oscuros secretos de Mauricio Macri, el hombre que podría ser presidente de los argentinos, se convirtió en uno de los más vendidos. Enterate más acá.
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Laura h: Hola Pepe! Fueron enviados a juicio oral ambos. Sus apelaciones fueron rechazadas, sus abogados los...
pepe preguntón: y qué pasó al final? veo un mensaje larguísimo de uno de tribunales de abril del 2010, anunciandole...
juan: jaja ah pero estas adolescentes son re baratas!!! me dan mucha lastima los padres mo de deben ni imaginar que...
Otro Anonimo: Con todo respeto señor Anonimo, el trabajo del señor Morando es este y tiene , como labor publicarlo en...
Acabo de terminar de leer la nota de Jorge Fernández Díaz sobre Daniel Bonada, uno de los cuidadores del Zoo porteño. Recomiendo su lectura por la deliciosa forma de contar la vida de alguien que cree que los animales son mucho más que mascotas. Acá tenés el link.
Recién estaba charlando sobre Dolina con mi compañero del diario Marías Barbería y recordó cuando de purrete leyó este brillante relato de Fontanarrosa. En su nombre y en el mío, lo compartimos con el eter. Se llama: “Puto el que lee esto”.
Nunca encontré una frase mejor para comenzar un relato. Nunca, lo juro por mi madre que se caiga muerta. Y no la escribió Joyce, ni Faulkner, ni Jean-Paul Sartre, ni Tennessee Williams, ni el pelotudo de Góngora.
Lo leí en un baño público en una estación de servicio de la ruta. Eso es literatura. Eso es desafiar al lector y comprometerlo. Si el tipo que escribió eso, seguramente mientras cagaba, con un cortaplumas sobre la puerta del baño, hubiera decidido continuar con su relato, ahí me hubiese tenido a mí como lector consecuente. Eso es un escritor. Pum y a la cabeza. Palo y a la bolsa. El tipo no era, por cierto, un genuflexo dulzón ni un demagogo. “Puto el que lee esto”, y a otra cosa. Si te gusta bien y si no también, a otra cosa, mariposa. Hacete cargo y si no, jodete. Hablan de aquel famoso comienzo de Cien años de soledad, la novelita rococó del gran Gabo. “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento…” Mierda. Mierda pura. Esto que yo cuento, que encontré en un baño público, es muy superior y no pertenece seguramente a nadie salido de un taller literario o de un cenáculo de escritores pajeros que se la pasan hablando de Ross Macdonald.
Ojalá se me hubiese ocurrido a mí un comienzo semejante. Ese es el golpe que necesita un lector para quedar inmovilizado. Un buen patadón en los huevos que le quite el aliento y lo paralice. Ahí tenés, escapate ahora, dejá el libro y abandoname si podés.
No me muevo bajo la influencia de consejos de maricones como Joyce o el inútil de Tolstoi. Yo sigo la línea marcada por un grande, Carlos Monzón, el fantástico campeón de los medio medianos. Pumba y a la lona. Paf… el piñazo en medio de la jeta y hombre al suelo. Carlitos lo decía claramente, con esa forma tan clara que tenía para hablar. “Para mí el rival es un tipo que le quiere sacar el pan de la boca a mis hijos.” Y a un hijo de puta que pretenda eso hay que matarlo, estoy de acuerdo.
El lector no es mi amigo. El lector es alguien que les debe comprar el pan a mis hijos leyendo mis libros. Así de simple. Todo lo demás es cartón pintado. Entonces no se puede admitir que alguien comience a leer un libro escrito por uno y lo abandone. O que lo hojee en una librería, lea el comienzo, lo cierre y se vaya como el más perfecto de los cobardes. Allí tiene que quedar atrapado, preso, pegoteado. “Puto el que lee esto.” Que sienta un golpe en el pecho y se dé por aludido, si tiene dignidad y algo de virilidad en los cojones. Read more »
Siempre me costó simplificar la esencia de mi aversión para con el fútbol y sobre todo por las horas de debates televisivos y radiales que giran en torno a él. Encontré este segmento del programa de Dolina y, una vez más, me sorprendió su claridad.
Hace un par de meses estuve en un bar de estudiantes en Reno, Nevada. En el Little Waldorf vi cómo decenas de estudiantes de no más de 20 competían a ver quién hacía mejor tiempo corriendo sobre un triciclo en una pista improvisada con personas. El que ganaba, tomaba más. Ayer encontré este video en Youtube de unos chicos que hacen College Humor y parodian la Rapsodia Bohemia de Queen. No pude dejar de pensar en lo bien que se divierten los gringos. Sobre todo, porque en ese mismo viaje, fueron los que organizaban las mejores fiestas privadas (chicos de menos de 20) en varios cuartos del hotel. Fiestas a las que, claro, nunca me dejaron entrar.